Al padre de O.

Porque al final, todos esperamos.

Pronta consolación a su familia que aquí queda.

EN CELEBRACIÓN
Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes

cómo se vuelve el viejo un ser más viejo, imaginas

sólo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra.

Piensas que el silencio es la página de más,

piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera

la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado,

cómo la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos

pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena.

Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano.

Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora

que extiende sobre la casa su red ponzoñosa.

Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo.

Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra

la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo

antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena,

la pena a la consumación, la consumación

al vacío. Sabes que esto es diferente, esto

es la celebración, la única celebración,

sabes que si te das entero a la nada

habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir

cómo tus pulmones preparan su futuro de ceniza,

y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece.

Rondan la sombra las horas milagrosas de la infancia.
Mark Strand 

Otro fin de año. Dos poemas

El primero, “The day Is done”, de Henry Wadsworth Lonfellow. Incluido en una antología de poesía compilada por él mismo, y que sirve como prefacio a los poemas que vendrán. A mí me gustó el llamado a la sencillez y el reconocimiento del bálsamo que es la poesía ante aquellos sentimientos a veces indefinibles, propios del estado melancólico. Reposo de los tumultos diarios, sosiego para el alma atribulada.
The day is done, and the darkness 

Falls from the wings of Night, 

As a feather is wafted downward 

From an eagle in his flight.
I see the lights of the village 

Gleam through the rain and the mist, 

And a feeling of sadness comes o’er me, 

That my soul cannot resist:
A feeling of sadness and longing, 

That is not akin to pain, 

And resembles sorrow only 

As the mist resembles the rain.
Come, read to me some poem, 

Some simple and heartfelt lay, 

That shall soothe this restless feeling, 

And banish the thoughts of day.
Not from the grand old masters, 

Not from the bards sublime, 

Whose distant footsteps echo 

Through the corridors of Time.
For, like strains of martial music, 

Their mighty thoughts suggest 

Life’s endless toil and endeavor; 

And to-night I long for rest.
Read from some humbler poet, 

Whose songs gushed from his heart, 

As showers from the clouds of summer, 

Or tears from the eyelids start;
Who, through long days of labor, 

And nights devoid of ease, 

Still heard in his soul the music 

Of wonderful melodies.
Such songs have power to quiet 

The restless pulse of care, 

And come like the benediction 

That follows after prayer.
Then read from the treasured volume 

The poem of thy choice, 

And lend to the rhyme of the poet 

The beauty of thy voice.
And the night shall be filled with music 

And the cares that infest the day, 

Shall fold their tents, like the Arabs, 

And as silently steal away.
Y uno más del gran Robert Frost, “Fire and Ice”, adecuado no para el fin de año, sino para el fin del mundo… Pero en estas épocas que corren resultan casi equivalentes ambas expresiones.
Some say the world will end in fire,

Some say in ice.

From what I’ve tasted of desire

I hold with those who favor fire.

But if it had to perish twice,

I think I know enough of hate

To say that for destruction ice

Is also great

And would suffice. 

Beauty School Dropout

Dos imágenes nada más. Recordaba aquellas sesiones en las que el profesor le pide a toda la clase ponerse de pie. Luego va sentando a los alumnos haciendo alusión a algunas estadísticas frías… Primero pide que se siente la mitad: “los que están parados completarán la preparatoria”. Que se siente la mitad de los que ya quedaban: “ustedes -los que quedan en pie- entrarán a la carrera” … Al final de la clase quedan apenas un par de alumnos que corresponden a la parte que “terminará un posgrado”.

Terminará un posgrado.

El microcosmos del posgrado no es tan pequeño como parece, para los que estamos dentro,  y la estadística a gran escala también aplica acá. Sólo que ya no nos avisan, con o sin sarcasmo, cuántos van a caer.

****

He visto caer a muchos de mis amigos.

****

Es arrogancia creer que uno estará siempre entre los que se quedan de pie.

****

non semper erit aestas

****

Y escribir lo obvio, se hace banal:

BeautySchoolDropout

Snowpiercer: El mundo distópico. La validez de las Revoluciones.

Snowpiercer_3

Incitado por la reseña de Miguel Cane, decidí no esperar por la salida en salas de esta película, y la busqué en la red. <<Snowpiercer es una cinta maravillosa e inclasificable>> es poco decir.

Mucho se ha hablado de la magnífica actuación de Tilda Swinton y hasta de Chris Evans (sí, está genial). Song Kang-ho es un tipo extremadamente solvente en la locura; sus actuaciones en Sympathy for Mr. Vengeance y Thirst (dirigidas ambas por Park Chan-wook, quien en ésta película funge como productor), dan muestra de ello. Pero la historia es lo mejor. Es absolutamente clásica (un héroe salido del pueblo luchando contra la élite de “los malos” contra viento y marea) y a últimas fechas tan utilizada que uno más bien espera que esta película falle, para encontrarse con que todo parece nuevo, todo es polifacético pero está contado de forma tan espléndida que hace sentido, y así la película engancha desde el primer momento hasta el último, siendo una experiencia bastante agradable. <<Después de un experimento fallido para terminar con el calentamiento global, la humanidad queda devastada, y los sobrevivientes viajan en un tranvía que recorre el mundo sin detenerse, entre la tierra congelada>> suena a una premisa poco convincente y de la que nada bueno puede salir… y sin embargo el director obra maravillas.

Es la historia una odisea, como apunta Cane, y también está siempre enmarcada por el relato bíblico del Arca de Noé, de una manera más oscura: mientras en la primera se tiene plena fe en la salvación, en Snowpiercer no se nos da pie a creer nunca que esté cerca siquiera.

Llegaba a ver este filme después de tener unos días en la cabeza aquel poema de Octavio Paz, “entre la piedra y la flor”. Reproduzco aquí algunos fragmentos:

tú eres justo y tierno y solícito

con tus pollos, tus cerdos y tus hijos;

como la mazorca de maíz

tu dios está hecho de muchos santos

y hay muchos siglos en tus años;

un guajolote era tu único orgullo

y lo sacrificaste un día de copal y ensalmos;

tú llueves la lluvia de flores amarillas,

gotas de sol, sobre el hoyo de tus muertos

-mas no es el ritmo oscuro,

el renacer de cada día

y el remorir de cada noche,

lo que te mueve por la tierra:

IV

El dinero y su rueda,

el dinero y sus números huecos,

el dinero y su rebaño de espectros.

El dinero es una fastuosa geografía:

montañas de oro y cobre,

ríos de plata y níquel,

árboles de jade

y la hojarasca del papel moneda.

No el trabajo: el dinero es el castigo.

El trabajo nos da de comer y dormir:

el dinero es la araña y el hombre la mosca!

El trabajo hace las cosas:

el dinero chupa la sangre de las cosas.

El trabajo es el techo, la mesa, la cama:

el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma.

El dinero seca la sangre del mundo,

sorbe el seso del hombre.

Escalera de horas y meses y años:

allá arriba encontramos a nadie.

Monumento que tu muerte levanta a la muerte.

La acumulación hasta el asco de dinero, la especulación, son males de nuestra sociedad, sí. Pero no es el dinero –o su ausencia-: es la deshumanización del que no lo posee. La falta de bienestar que acarrea.

“La Gran Revolución de Curtis” (Curtis es el personaje de Evans) no parece tener otro motivo que el de mejorar las condiciones de los pasajeros de “cola” (en su mundo tan limitado, el dinero ya no existe y no significa nada, pero la desigualdad social persiste). Los momentos finales, en el que se muestra la naturaleza de las cosas dentro del tren, y la decisión que debe tomar Curtis me dejan pensando profundamente en lo que O. ya había comentado, sobre la duda en la “veracidad” de todas las cosas en este mundo… [y hasta aquí. Cualquier comentario más arruina la película]

De instantes

Öèôðîâàÿ ðåïðîäóêöèÿ íàõîäèòñÿ â èíòåðíåò-ìóçåå Gallerix.ru

 

Considero que una boda es, antes que nada, un evento íntimo; le pertenece sólo a la pareja.

Una fiesta, por otro lado, es un evento más abierto, en el que participan (idealmente) todos los asistentes a la misma. ¿Apoco no es harto aborrecible cuando un grupúsculo de los invitados se aísla en su propio mundo, sin convivir con los demás?

¡Qué felicidad y qué privilegio es entonces estar invitado a una fiesta de boda! Donde confluyen ambos mundos, en el deseo de los novios de hacer partícipes a sus allegados de algo que era solamente suyo.

———–

Bajo esta óptica, mi corta participación en la boda de O. es sacrilegio. Me tropiezo con el video de la boda y me siento mal. Busco alguna salida en la Szymborska y me siento peor, por un momento. Luego me digo que esto no puede volver a suceder.

El poema es “La vida al instante”:

Vida al instante.
Representación sin ensayo.
Cuerpo sin prueba.
Cabeza sin reflexión.

No conozco el papel que tengo.
Sólo sé que es mío, intransferible.

De qué trata la obra,
tengo que adivinarlo sobre el propio escenario.

Mal preparada para el honor de vivir,
apenas si aguanto el ritmo de la acción impuesto.
Improviso, aunque aborrezco la improvisación.
Tropiezo a cada paso con el desconocimiento de las cosas.
Mi forma de ser huele a provincial.
Mis instintos son los de un aficionado.
El miedo escénico, como justificación, me humilla mucho más.
Siento como crueles las circunstancias atenuantes.

Imposible retirar palabras y reflejos,
las estrellas no contadas,
el carácter, abrigo abotonado sobre la marcha:
he aquí los lamentables resultados de estas prisas.

¡Si pudiera ensayar aunque fuera sólo un miércoles antes
o repetir otra vez al menos un jueves!
Pero ahí está el viernes con un guión que desconozco.
¿Es justo? — pregunto
(con la voz ronca,
porque ni siquiera me han dejado aclararme la voz
entre bastidores).

Ilusorio es pensar que se trata únicamente de un examen superficial
que tiene lugar en una sala fortuita. No.
Estoy de pie entre los decorados y veo lo sólidos que son.
Me sorprende la precisión de todo este atrezzo.
Los sistemas rotatorios funcionan ya desde hace tiempo.
Han sido encendidas incluso las más lejanas nebulosas.
Ah, no me cabe duda de que se trata del estreno.
Y haga lo que haga
se convertirá para siempre en lo que hice.

 

——–

Hay que cuidar, pues, de esos instantes preciosos, manes.

 

 

Paz, la llama doble

Desde chavo tengo yo una obsesión por Octavio Paz. No tanto por su poesía como por sus ensayos; no tanto por su figura histórica como por la leyenda… (O por su sombra y a los que cobija: prácticamente todo el consejo editorial y bastantes colaboradores de ‘vuelta’, ‘plural’ y ahora ‘letras libres’).

Sheridan va a sacar un libro sobre Paz y Elena Garro, que fue su primer amor (su primer amor serio al menos, según entiendo).
(Yo tengo el volumen compilado de las cartas de Paz a su amigo el poeta catalán Pere Gimferrer, y no me canso de admirar cómo puede ser tan familiar en el trato y tan sencillo sin dejar de lado un dominio completo del lenguaje, ni una sola mala palabra, ni una sola falla gramatical, y aún así, en perfección formal, se percibe la calidez…)

Leo el epílogo que publica antes de que salga a la venta el libro.

¡Interesantísimo!

O tal vez no sea adecuado describirlo así. El epílogo se basa en desmenuzar una obra de Paz sobre López Velarde, que trata del amor, y los paralelismos que hay entre la propia visión de Paz

sobre el tema:

<<“El camino de la pasión”, el ensayo que Paz dedica a López Velarde, es una pieza magistral de crítica literaria que puede leerse también como una suerte de autobiografía velada. En el drama del zacatecano, Paz encontró un espejo para entender sus propias pasiones y una idea del amor que evolucionaría de la posesión del otro a la aceptación de su libertad.>>

“De la posesión del otro a la aceptación de su libertad” es un lugar común, una obviedad. Y en eso radica su grandeza, a fe mía: que estamos siempre ciegos ante estas cosas de las cuales estamos tan cerca.

En la parte final del ensayo de Sheridan, dice él

<<López Velarde comete con Fuensanta el mismo error que él [Octavio Paz] con Helena: devaluar la posesión de su albedrío. Paz no valoró lo que en Helena había de insubordinación (en todos los sentidos): Helena no puede decir “soy tuya” sin mentir, pues ni siquiera es propiedad de sí misma. De ahí que su libertad, para desdicha de su amante, consistiese en huir, y Helena, como vimos en las cartas, siempre huye. El descubrimiento de su libertad, como se advierte en las cartas –sobre todo las de 1937– supuso reconocerla como mujer pero, a la par, perderla como su mujer. Por eso la libertad de la mujer es concurrente del amor en La llama doble: “la historia del amor es inseparable de la historia de la libertad de la mujer”. El dilema consiste en cómo obrar ante esa libertad.>> [énfasis mío]

Con la cercanía de las nupcias de O. creo que sería muy bueno tener en la lista de lecturas maneras “La llama doble”, ¿o no, mis manes?

Cita literaria: Sísifo conoce a Lessing

Existe una enorme montaña negra. Es la estupidez humana. Hay un grupo de personas que empujan una roca cuesta arriba por la montaña. Cuando han llegado unos metros más arriba, hay una guerra, o algún tipo de revolución que va en el sentido equivocado, y la roca rueda hacia abajo -no hasta el fondo, siempre se las arregla para terminar unos centímetros más alto que donde comenzó. Entonces el grupo de personas arriman sus hombros a la roca y empiezan a empujar de nuevo. Mientras tanto, en la cima de la montaña se yerguen unos pocos grandes hombres. A veces miran hacia abajo y asienten y dicen: Bien, los empujadores-de-la-roca siguen trabajando. Pero entre tanto nosotros estamos meditando acerca de la naturaleza del espacio, o como será cuando el mundo esté lleno de personas que no odien ni teman ni asesinen.

Doris Lessing, The Golden Notebook

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